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domingo, 8 de noviembre de 2015

El Gran Bazar de Tabriz

porAlvaro Mellizo

El Gran Bazar de la ciudad iraní de Tabriz, con casi mil años de historia a sus espaldas, aún es a día de hoy uno de los mayores y más importantes nudos comerciales de Oriente Medio y exhibe una imponente vitalidad comercial en un entorno reconocido como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
Ni terremotos, ni la invasión de los mongoles en el siglo XIII, ni las durísimas sanciones económicas que en la actualidad aún lastran la economía iraní han podido desmoronar el afán comercial de este lugar, considerado como el mayor bazar cubierto del planeta, y que pese a su estructura y prácticas centenarias, aún se mantiene "vivo y coleando" con mucha fuerza, según pudo constatar Efe y según lo expresaron sus propios comerciantes.
Bajo aproximadamente unos 2,5 kilómetros cuadrados de bóvedas, en el Gran Bazar de Tabriz, ciudad ubicada a unos 600 kilómetros al noroeste de Teherán, late aún con mucha fuerza un corazón capitalista que une tradición y modernidad en un entorno histórico de privilegio en donde el turismo brilla por su ausencia.
Las alfombras son todavía, tal y como siempre fueron desde los orígenes del bazar, las reinas de un mercado que ya fue reconocido como uno de los más importantes del mundo por viajeros como Marco Polo (1254-1324).
Sin embargo, en el bazar se negocian y se venden cada día productos que van desde los diamantes a la grasa pura de cordero, sin dejar de lado a la curiosa y omnipresente ropa interior de lana de camello, un artículo imprescindible para los crudos inviernos de la región.
"Esto es a la vez un mercado mayorista y minorista, y técnicamente no es uno, sino varios bazares de diversos productos, como zapatos, cuero, oro, joyas, juguetes, papelería, ferretería, textil, cuerdas y muchas otras cosas", explicó a Efe Behzad, un joven y políglota "bazarí" vendedor de alfombras de seda.
Desde su pequeño local y junto al enorme samovar con el que invita a té a todo aquel que se deja pasar por allí, Behzad controla un negocio de exportación y venta que, según confesó "quedó muy disminuido", tal y como toda la actividad en el bazar, por las sanciones económicas contra Irán.
"Sobrevivimos por el mercado minorista local, que es muy importante. Tabriz es el centro de la región del Azarbayán iraní, pero su negocio se extiende por todo el Cáucaso, a Turquía, a la zona del Kurdistán, y por todo Irán, claro. Particularmente las alfombras, han seguido siendo deseadas por los que buscan lujo de todo Oriente Medio", apuntó.
Los casi 7.000 locales que hay en el Gran Bazar de Tabriz dan empleo a más de 15.000 personas.
Cada día, bajo su techo se producen millones de pequeñas transacciones que "tan solo en el mercado de alfombras" superan los millones de dólares.
"Para ser honestos, los iraníes son conservadores en sus negocios y no hablan del dinero que manejan. Pero claramente se compra y se vende en el valor de los millones de dólares", añadió.
Hadí, otro joven trabajador del bazar y guía turístico, consideró que el hecho de que este lugar no sea ampliamente conocido en el mundo exterior pese a su reconocimiento internacional por la Unesco y su importante peso económico, se debe a los "celos" que suscita el éxito del Azerbayán iraní en el resto del país.
Los azeríes constituyen la mayor de las minorías étnicas y lingüísticas de Irán, y según consideró Hadí, "dominan el segundo negocio del país, las alfombras", además de tener "mucha presencia en el poder político" iraní. El propio líder supremo (Alí Jameneí) es de familia azerí. Por eso es raro que muchos viajeros que llegan a Irán no vengan aquí. Es como ir a Francia y solo conocer París. En Tabriz y su área hay muchos lugares para ver y descubrir", apuntó.
En ese sentido, recordó que el Gran Bazar de Tabriz estaba en mitad de la Ruta de la Seda y que llegó a tener hasta 24 "caravanserais", los hoteles para caravanas de la época.
"Este era un lugar de comercio masivo internacional y venía a visitarlo gente de todo el mundo. Ahora falta eso", se lamentó.

EFE.

domingo, 5 de abril de 2015

La pizza napolitana, un arte camino de ser patrimonio mundial

Para llevarse a la boca una pizza napolitana primero hay que cocinarla y esto requiere seguir unos pasos que sus artesanos más apasionados elevaron a la categoría de arte y que podrían llegar a ser parte del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
El denominado "arte de los pizzeros napolitanos" acaba de ser incluido en la lista de candidaturas que revisarán los expertos de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) en un largo proceso de selección que no culminará hasta 2016.
Pero en la ciudad de Nápoles, en el sur de Italia, ya celebran haber superado la primera criba, realizada a nivel nacional, mientras buscan el reconocimiento mundial a esa tradición gastronómica.
"Es un saber transmitido de generación en generación", apunta a EFE Claudio Sebillo, directivo de la asociación de los "pizzaiuoli" (pizzeros) napolitanos, la cual impulsa ahora la recogida de un millón de firmas después de las 300.000 presentadas el año pasado para respaldar la iniciativa.
Con orgullo comenta Sebillo que el arte de hacer pizza es una "habilidad inimitable" que, a diferencia de lo que ocurre en otros lugares, mantiene su espíritu artesanal tanto en la preparación de la masa como en el momento de echar mano de ella y hacerla volar para extenderla.
Como buen purista en la materia, desconfía de quienes no cocinan la pizza a la manera napolitana: en hornos que estén a unos 450 grados centígrados y por noventa segundos. Si no se hace así, "queda más crujiente", dice con cierta desaprobación.
Sebillo considera que "el pizzero se aproxima cada vez más a la figura del chef" y que en la última década el negocio de la pizza, icono donde los haya de la cocina italiana, se disparó pese a la crisis generalizada en el sector de la restauración.
Su expansión por el mundo ha sido, además, uno de los criterios que la Comisión italiana para la Unesco tomó en consideración para aceptar su candidatura, explica a EFE su presidente, Giovanni Puglisi.
Además, agrega, es un buen momento para resaltar la importancia de este plato, coincidiendo con la Expo de Milán, que el próximo mayo abrirá sus puertas dedicada a la nutrición.
"Es una candidatura muy sentida, sobre todo en Campania (región cuya capital es Nápoles)", sostiene Puglisi, para quien representa una forma de dieta "muy simple" y a la vez un exponente de su vida gastronómica.
En esta particular carrera, la pizza napolitana no va sola, sino acompañada de la cetrería, el arte cinegético de cuidar y adiestrar aves de presa para cazar animales silvestres libres, al querer Italia integrar la lista de países donde ya está reconocida como patrimonio cultural inmaterial.
Hasta 314 elementos de todo tipo integran actualmente la lista de la Unesco, que en los últimos tres años ha recogido prácticas italianas como el cultivo de la viña en vaso de la comunidad de Pantelleria, las procesiones de estructuras colosales llevadas a cuestas o la fabricación artesanal de violines en Cremona.
Según la especialista del Instituto Nacional de la Nutrición Laura Rossi, la pizza, entendida como pasta, tomate, mozzarella y aceite, tiene unas 350 calorías por cada cien gramos.
Una opción completa y rica en carbohidratos en la que las proteínas de los cereales de la pizza y de la leche de ese queso se complementan, y de esa mezcla sale un producto que encandila "en todo el mundo", destaca la nutricionista.
Solo hay que ver la evolución de una pizza como la "margherita", prototipo de la napolitana, que según la tradición fue preparada por el pizzero Raffaele Esposito en 1889 para la entonces reina de Italia, Margarita de Saboya.
De supuesto origen real, esa pizza es ahora uno de los platos más populares: así lo atestiguan las personas que en Nápoles y otras ciudades hacen fila cada día a las afueras de las pizzerías por una generosa ración de lo que podría convertirse en futuro patrimonio de la humanidad.

Belén Delgado - EFE.