jueves, 28 de enero de 2016

Naturaleza y feminidad con Chanel y Stéphane Rolland

 (La argentina Mica Arganaraz luce una creación de la colección primavera/verano 2016 del diseñador alemán Karl Lagerfeld para Chanel. EFE)
por María D. Valderrama

El Grand Palais de París, reconvertido en una casa nórdica, acogió el desfile de Alta Costura de Chanel en un homenaje a la naturaleza con tejidos naturales y bordados en madera, mientras que Stéphane Rolland apostó por la feminidad y los vestidos fluidos.
Un espacio sereno al que acudir a desconectar del frenesí de la gran ciudad fue el decorado que eligió el diseñador de Chanel, Karl Lagerfeld, inspirándose en la arquitectura nórdica, con estructuras de diseño simple rodeado de árboles y pequeños lagos.
De una casa de madera situada en el centro del decorado salieron sus modelos con estilismos en colores luminosos, siempre en una gama de beiges: crudo, marfil, arena o moca.
La seña de identidad de Gabrielle Chanel, el tweed, siguió por supuesto presente en esta colección que se adaptó a los nuevos tiempos invirtiendo las formas con mangas ovaladas y estrechas faldas lápiz por debajo de la rodilla.
Los detalles se cuidaron al máximo incluyendo bordados con virutas de madera y broches en forma de insectos, en un trabajo de diseño con intención ecológica, como se vio también en las suelas de corcho de los zapatos, siempre en dos colores y con la puntera redondeada en negro, como las clásicas bailarinas de la "maison".
Pero como Chanel vive en el siglo XXI, seguramente pensando ya en el que viene, en la colección hubo lugar también para la tecnología.
Las modelos portaron un pequeño bolso alrededor de la cintura para guardar sus smartphones, que algunas incluso sacaron durante el desfile fingiendo mantener conversaciones telefónicas.
Chanel eligió un maquillaje nude centrando la atención en los ojos, que quedaron definidos por dos simples líneas negras de eyeliner.
Para el peinado, un trabajado moño con el pelo enrollado en la nuca, en un look de aire oriental que resulta al mismo tiempo elegante y moderno.
No faltaron al desfile algunas de las musas de Lagerfeld, iconos también de la firma como Cara Delevingne, Diane Kruger, así como las actrices Gwyneth Paltrow, Monica Belluci o Ana de Armas.
Y como recién salidas de la mejor de las óperas, las modelos de Stéphane Rolland vistieron 17 espectaculares diseños en una oda a la feminidad y la sensualidad, que acogió la exclusiva avenida de George V.
Vestidos con faldas plisadas y detalles esculturales en torno al torso y los hombros, y escotes que alcanzan la cintura dejando ver la espalda y el pecho por momentos.
Las asimetrías en el largo de las faldas crean efectos contrarios: colas que se arrastran por el suelo mientras que las piernas quedan al aire y el plisado del vestido toma forma en las caderas creando volumen en los laterales.
(Una modelo luce una creación de la coleccion del diseñador francés Stéphane Rolland. EFE)

La silueta de la mujer se mantiene sin embargo delicada y fluida con una dramática actuación por parte de las modelos para representar esa fragilidad que la propia "maison" compara con la de "una estrella del Palacio de Garnier", el edificio de la Ópera de París.
En los materiales, el diseñador francés apostó por el tul, la organza y el ante que toma forma en tres dimensiones sobre el pecho.
La paleta de colores no varía: predominó el blanco en casi toda la colección, con algún detalle en rojo o beige, así como el negro que protagonizó igualmente algunos diseños.

EFE.

martes, 26 de enero de 2016

Schiaparelli y Christian Dior atraen a las celebrities para la Alta Costura


(Una modelo luce una creación de la coleccion Primavera/Verano 2016 de la firma Dior. EFE)

por María D. Valderrama

Dos de los grandes clásicos de la costura francesa, Schiaparelli y Christian Dior, presentaron sus colecciones de Alta Costura para la próxima temporada primavera-verano, atrayendo a actrices y "celebrities" como Carla Bruni, Olivia Palermo o Naty Abascal.
Schiaparelli abrió la jornada de desfiles en una lujosa sala del Hôtel d'Evreux, en la Plaza de la Vendôme (París), famosa por sus tiendas de alta joyería.
En una sala decorada con platos de porcelana y enmoquetada en dibujos de aires surrealistas, un centenar de invitados disfrutaron de las propuestas de la firma, que desfila únicamente en Alta Costura.
Más que una colección de moda, el desfile fue una cena exquisita en homenaje a uno de los grandes placeres que gustaba disfrutar la creadora Elsa Schiaparelli: la gastronomía.
"Comer no es simplemente un placer material. Comer bien aporta un sentido a la vida y contribuye inmensamente a la buena voluntad y a la felicidad. Es muy importante para la moral", decía la creadora italiana en 1954.
Esta frase inspiró al diseñador de Bertrand Guyon, nombrado director de estilismo de la firma el pasado mes de abril de 2015, para jugar con los productos de la mesa en telas y accesorios: vestidos largos de cola impregnados con langostas, legumbres y frutas.
Al caminar, las modelos hacían sonar las faldas de sus vestidos, realizadas en lino, semejando una brisa de cáñamo.
Schiaparelli apostó por tejidos naturales que parecían ser una parte más del cuerpo femenino, dejando ver mediante transparencias o finas cuerdas el torso y remarcando el contorno de las piernas.

(Una modelo presenta una creación de la colección Primavera/Verano 2016 del diseñador galo Bertrand Guyon para Schiaparelli. EFE).

La firma reflejó su "savoir faire" en bordados pintados en oro y crochet en hilos de seda.
Los accesorios fueron llamativos, por su originalidad, pero discretos en tamaño, especialmente broches en forma de corazones atravesados por gambas o candados alados montados sobre cáscaras de huevo; los zapatos, T-Bar, se llenaron de guisantes.
La actriz Kate Bosworth, la ex modelo Carla Bruni, la "it girl" Olivia Palermo o el diseñador Christian Louboutin fueron algunos de los invitados que acudieron a este desfile, uno de los más esperados durante las jornadas de Alta Costura.
Como no podía ser de otra manera, el desfile que Christian Dior preparó para la presentación de la colección primavera-verano 2016 de Alta Costura, fue un espectáculo por todo lo alto.
Una sala de espejos instalada expresamente por la "maison" en los jardines del museo del escultor francés fue la escena escogida para este desfile que se celebró en un contexto especial pues, por el momento, la firma no cuenta un diseñador.
Fue el equipo de diseño de la marca el encargado de llevar a cabo la colección después de que el belga Raf Simons dejara la casa el pasado octubre al no llegar a un acuerdo para la renovación del contrato.
El equipo demostró sin embargo ser el auténtico corazón de Christian Dior, quien mejor conoce su obra y legado, al presentar una colección que mezcla naturalidad y elegancia a partes iguales.
Dior dedicó su desfile a las parisinas, famosas por su estilo espontáneo y relajado, con un tremendo sentido de lo que significa la costura pero con gran habilidad para lucirlo de forma moderna.
Sobre la pasarela, jerséis de lana combinados con faldas brocadas en lana y crêpé de seda.
Los abrigos vestirán los días fríos de verano, en color azul noche en sencillos diseños que recuperan el famoso "new look" del creador, o cargados de incrustaciones en color mostaza.
Los vestidos se llevarán muy escotados, ya sea con la espalda descubierta, con los hombros al aire en pronunciados escotes de barco o bien mediante transparencias.
El traje femenino se modernizó en esta colección mediante detalles brillantes cosidos en el pecho y un pequeño volante "péplum" en los laterales de la chaqueta.
Las formas se mantuvieron en las marcadas cinturas y delicados volúmenes que caracterizan la firma, añadiendo esta vez camisetas de malla por debajo de algunos diseños, un toque urbano para modernizar prendas clásicas.
El equipo de Dior, que siempre guarda un guiño a las aficiones de su creador, añadió esta vez amuletos de la suerte ya sea en accesorios o bordados sobre las propias prendas como recuerdo del carácter supersticioso del diseñador.
Entre las invitadas de la marca, la ex modelo Naty Abascal que vistió un abrigo en tweed de lana verde y ocre de la colección otoño-invierno 2015-2016 de Dior por Raf Simons.

EFE.

miércoles, 20 de enero de 2016

El dónut de oro, la última excentricidad culinaria de Nueva York

por Emili Serra

Primero llegó la fiebre por los "cupcakes", luego nos presentaron una mezcla entre cruasán y dónut bautizada como "cronut", y ahora, la última moda culinaria traída desde Estados Unidos es una rosquilla bañada en oro y champán por el módico precio de 100 dólares la unidad.
Cuando el chef Bjorn DelaCruz, del restaurante neoyorquino Manila Social Club, en el distrito de Brooklyn, añadió a su carta de postres esta exclusiva joya comestible sabía que el invento iba a causar bastante revuelo.
"La gente dice que esto es solo un truco publicitario. Yo me pregunto si es que los que critican nunca han querido regalar algo especial a nadie", defiende el chef filipino, de 32 años, en una entrevista con la revista Forbes.
Tras darse a conocer en el periódico The New York Times a finales de 2015, DelaCruz presentó su reluciente bollo al blog culinario "First We Feast". Desde entonces, es una de las sensaciones de Internet y ha recibido tanto reproches como aplausos por parte de aquellos que han podido probarlo.
El gurú culinario de la New York Magazine, Adam Platt, no tardó en admitir que el dónut es "sorprendentemente delicioso", aunque aseguró que no pagaría los 100 dólares que cuesta la rosquilla barnizada con champagne y repleta de una cremosa mermelada morada en su interior.
"Reconozco que es un manjar interesante, pero no mandaría nadie corriendo a comprar uno de ellos", dijo Platt en su reseña.
El particular bollo solo está disponible los viernes, y puede recogerse en el mismo restaurante o pedirlo a domicilio y que el mismo DelaCruz lo traiga a casa. "Una persona adinerada de Texas nos pidió que le enviáramos un par de docenas, pero le tuvimos que decir que no", explica el chef, "el dónut no iba a volar en un avión".
Aun así, el cocinero filipino cuenta que cada semana agotan las existencias. Y es que más allá de venderlos por unidades, el famoso panecillo ha recibido tal cantidad de publicidad mediática que entre la comunidad sibarita de abultada cartera ya hay quien los pide por docenas.
La ventaja de pedirlos de doce en doce, aparte de su detallado envoltorio, es que hay un pequeño descuento en el precio.
Esta no es la única excentricidad culinaria que Nueva York ha ofrecido recientemente. Hace un par de años, la panadería Dominique Ansel Bakery sorprendió a todos con una mezcla entre cruasán y donut: el "cronut".
La sabrosa y exitosa mezcla, a un precio mucho más accesible (cinco dólares la unidad), salió de los hornos de esta pastelería del Soho de Nueva York en 2013 y desde entonces tuvo tal repercusión que se ha exhibido en algunos de los foros gastronómicos y concursos de repostería más importantes.
Especializada en poner de moda cualquier tipo de producto, la gastronomía de la Gran Manzana también ha destacado últimamente por otro tipo de apuestas curiosas como la de WastED, un colectivo de chefs comprometidos con la idea de reducir los desperdicios de la hostelería.
Así, sirven platos de alta cocina a base de productos ignorados o desperdiciados por otros restaurantes. Es decir, las sobras.
El portal web del grupo presume de haber producido ya 10.000 platos en los que se utilizaron centenares de ingredientes "feos" que otros restaurantes descartarían, pero siempre "con un aspecto delicioso".
Lo que está claro es que ya sean dónuts recubiertos de oro, champán y mermelada o cruasáns con forma de rosquilla, como recuerda el innovador chef filipino "al principio todos comemos con los ojos".

EFE.

sábado, 2 de enero de 2016

Los mejores libros para saborear y regalar

por Pilar Salas

2015 fue muy prolífico en libros gastronómicos, desde las grandes obras de autor como la del mexicano Enrique Olvera o la que recoge la historia de Casa Gerardo, a recetarios como "Perú", de Gastón Acurio, pasando por reediciones imprescindibles como la del "Larousse Gastronomique" en español.
El mejor restaurante del mundo mereció dos libros, editados por Librooks: "El Celler de Can Roca: generando valor en empresas de servicios", en el que Carles Cabrera aborda el modelo de negocio de los hermanos Roca; y la reedición, en un formato más manejable, de "El Celler de Can Roca", en el que sus protagonistas muestran lo que hacen, cómo y por qué.
Se presentaron obras de grandes cocineros: Massimo Bottura, con tres estrellas Michelin en Osteria Francescana (Módena, Italia), publicó con Phaidon "Nunca confíes en un chef italiano delgado", mezcla de su trayectoria y sus recetas emblemáticas; y la misma editorial eligió Enrique Olvera para su primer libro, "México de adentro hacia afuera", un recetario consagrado a su cocina en Pujol (Ciudad de México) y a la de su país.
También debutó en la publicación Paco Pérez, que suma cinco estrellas Michelin y que repasa en "Miramar" (Montagud Editores), los 75 años de un local que transformó de chiringuito de playa en uno de los mayores exponentes de vanguardia culinaria.
Montagud llevó a papel con "50 pasos" otro restaurante con historia, la construida por seis generaciones en Casa Gerardo (Asturias, norte de España), hoy con una estrella Michelin y toda una institución culinaria con Pedro y Marcos Morán al frente, y "Caldos. El código del sabor", imprescindible para quienes quieran mejorar sus técnicas culinarias gracias al trabajo del valenciano Ricard Camarena.
También se publicaron delicias como "México. Gastronomía" (Phaidon), una compilación de más de 700 recetas, ingredientes y utensilios; "Perú" (Phaidon), donde Gastón Acurio presenta la variada gastronomía de su país a través de 500 recetas; "Tokio. Las recetas de culto" (Lunwerg), para disfrutar de auténticos platos nipones, y "Jerusalén" (Salamandra), con elaboraciones de Yotam Ottolenghi y Sami Tamimi.
Si lo que le interesa es comer bien sin cocinar, "Where chefs eat" (Donde comen los chefs) (Phaidon), recoge las recomendaciones de 630 grandes cocineros en 70 países. Otros, como "El chef en casa" (Planeta), de Magda Carlas, e "Indise Chef's Fridges, Europe" (Taschen), de Carrie Solomon y Adrian Moore, adentran al lector en despensas, neveras y menús semanales de afamados chefs.
Pero si adonde quiere adentrarse es en el complejo mundo de la gastronomía, lo suyo es "Larousse Gastronomique" en español, la tercera edición revisada y enriquecida con 7.000 fotos de una obra clave en este campo, con 2.500 recetas, 4.200 artículos sobre productos, técnicas y denominaciones de origen, y biografías de cocineros.
Dado que no solo ellos construyeron la historia de la gastronomía, Almudena Villegas publicó "Grandes maestros de la historia de la gastronomía" (Almuzara), un recomendable volumen que recorre las biografías de personalidades que han destacado a lo largo de los siglos por sus aportaciones a este ámbito.
Y, tras reconquistar las barras, el vermú ha llegado a las librerías con "Teoría y práctica del vermut" (Now Boocks), en el que Josep Sucarrats, Miquel Àngel Vaquer y Sergi Martín exploran con sentido del humor su historia y el auge actual, y "El gran libro del vermut" (Ediciones B), un compendio más sesudo de François Monti.
Otras obras temáticas interesantes son "El gran libro de los cereales, semillas y legumbres", para recuperar lo que fuese parte fundamental de nuestra dieta; "Fish", para comer pescado con conciencia ecológica, y "Crudo", sobre carpaccios, tartares, ceviches y otras preparaciones que no requieren fuego, todos de Lunwerg.
Los menos avezados en los fogones pueden recurrir a "Gusto" (Lunwerg), donde Laura Rowe recoge en infografías todo lo que hay que saber sobre los alimentos, y "Qué cocinar y cómo cocinarlo" (Phaidon), con recetas "a prueba de torpes" de Jane Hornb. Karlos Arguiñano regresa además con "A mi manera" (Planeta), con las recetas fundamentales de la cocina regional española.
Los mitómanos y cinéfilos se deleitarán con "Audrey en casa" (Cúpula), en el que Luca Dotti, hijo de la Hepburn, presenta a su madre a través de la cocina.
Y para los preocupados por la buena alimentación, Miguel Ángel Almodóvar desvela todos los secretos de "La dieta simbiótica" (Oberon), compuesta por alimentos probióticos (organismos vivos como el yogur) y prebióticos (que producen efectos beneficiosos en las bacterias intestinales) para mantener en forma el ecosistema intestinal, nuestro "segundo cerebro".

EFE.

martes, 22 de diciembre de 2015

La joya de la despensa española

por Caius Apicius

El jamón, según el Diccionario, de la pata trasera del cerdo, curada o cocida entera. Quiere esto decir que hay jamones en todos los lugares del mundo en los que se crían marranos; pero, como ocurre con todo en esta vida, hay jamones y jamones.
España es un país que adora el jamón curado. Motivos no les faltan a los españoles: el jamón, concretamente el procedente de cerdos de la raza ibérica alimentados básicamente de bellotas, el llamado jamón ibérico de bellota, es una de las joyas de la despensa española. Es muy raro que quienes visitan España no acaben enamorados de esos jamones.
El máximo exponente de ese jamón es el que se elabora con patas de puerco que ha vivido los meses anteriores a su sacrificio en el campo, en una dehesa rica en quercíneas (roble, alcornoque y, sobre todo, encina), de cuya dieta las bellotas son la parte más significativa.
Una vez sacrificado el animal, y separados sus perniles, estos, perfilados con el clásico corte en V, perfectamente desangrados y puestos a orear, empiezan su proceso de curación, que durará 18 ó 20 meses al menos.
Lo primero es salar. Para ello se apilan entre capas de sal marina. En Guijuelo (Salamanca), uno de los orígenes más prestigiosos, estarán en la sal un día por cada kilo de peso. Luego irán a cámara frigorífica, donde estarán a una temperatura de 6 a 8 grados durante 30 ó 40 días, en el llamado asentamiento o posalado, que eliminará la humedad superficial.
Y de ahí a los secaderos naturales. Suelen ser naves cerradas, en planta alta, con ventanas a todos los vientos. Ahí comienza la fusión de sus grasas, exteriores e intramusculares. Todos los días se abrirán, entornarán o cerrarán las correspondientes ventanas, de dónde sople el viento, llueva, nieve o haga sol.
Según avanza la primavera y llega el verano, el chorreo de grasa es mayor. Esa exudación acentuará la fragancia de los jamones, que, tras al menos seis meses en las naves altas, pasarán a bodegas, en plantas inferiores, en penumbra, a una temperatura de 8 a 10 grados. Y dos veranos después de su entrada en los secaderos, es decir, 18 ó 20 meses de proceso, están listos para degustar. Como ven, hay muchas similitudes entre la crianza de un jamón ibérico y la del vino.
La mejor manera de disfrutar de uno de estos jamones es cortarlos en láminas muy finas, con un cuchillo especial, llamado precisamente jamonero. Una vez distribuidas las "virutas" de jamón en el plato, viene bien dejarlo así un rato para que sus grasas comiencen a fundirse, a "llorar".
A partir de ahí... La ortodoxia recomienda acompañarlo con un buen pan y, naturalmente, con un vino adecuado. Si están ustedes en Andalucía, lo más habitual será que le den un platito con 'picos', diminutos panecillos crujientes, y beban manzanilla de Sanlúcar de Barrameda. Pero vale un pan artesano y honrado, y un buen vino. No necesita más adornos.
Además de los jamones de cerdo ibérico, normalmente llamado 'cerdo negro', en España se producen muy buenos jamones de cerdo blanco: es el llamado jamón serrano, perfecto para tomar en bocadillo, cortado en lonchas finas y amplias, a máquina.
Si viajan a España, recuerden que por 'jamón' entendemos esos perniles. Al jamón cocido se le suele llamar jamón de York, aunque casi nunca proceda de esa norteña ciudad inglesa. Luego hay cosas muy ricas, como el jamón asado (sin curar) de Galicia. Pero cuando hablamos de jamón nos referimos al producto elaborado como se ha descrito más arriba.
Todos los países del mundo presumen, con mayor o menor fundamento, de sus productos propios; pero les garantizo que, en el caso de los jamones españoles de bellota, hay motivos más que suficientes para estar orgullosos: es un producto único. No se lo pierdan, si tienen ocasión.

EFE.
Foto: Siempre Jamón.

lunes, 7 de diciembre de 2015

El placer de un buen helado

por Caius Apicius

Aunque haya muchas personas, entre las que me cuento, que disfrutamos de ellos en cualquier estación, la verdad es que los helados se consideran una golosina veraniega; menos mal que muchos cocineros los ofrecen todo el año como cierre de un menú.
Yo soy muy aficionado a los helados, especialmente a los dos sabores más tradicionales, es decir, vainilla (o el llamado mantecado, que ahora veremos) y chocolate... sin despreciar fresa, tutti frutti, turrón, leche merengada, qué sé yo.
Bueno, la venta de helados ha pasado por varias etapas en el curso de mi vida. Recuerdo los humildes carritos del helado de mi niñez, que ofrecían un producto cuya mayor cualidad era que estaban fríos y dulces.
Luego estaban los elegantes salones de heladería, en los que uno podía adquirir un cucurucho de barquillo con su sabor preferido y llevárselo para consumir por la calle, podía comprar helado para llevar a casa o podía sentarse en un velador o una terraza para disfrutar de las especialidades de la casa. Los había incluso elegantes.
Más tarde vinieron los helados industriales, nacionales al principio y ahora de conocidas multinacionales. No diré yo que no estén buenos, que generalmente lo están; sí que, si se toman la molestia de leer la etiqueta, se encontrarán con una serie de ingredientes ignotos consistentes en una letra y varios números. Yo tengo un librito estupendo, "Léxico científico gastronómico" que me desvela sus identidades, pero no anida en demasiados hogares.
Queda la manera más artesanal y divertida de disfrutar de los helados: hacérselos uno mismo en casa. Ni siquiera le hará falta la típica sorbetera, aunque no está de más. Y esos helados pueden ir desde lo más sencillo a lo más enrevesado.
Empecemos por estos últimos: no hay más que preparar la mezcla y sumergirla bruscamente en un recipiente que contenga nitrógeno líquido, a unos 196 grados centígrados bajo cero. La mezcla se congela en décimas de segundo, y tiene la ventaja de que, por la rapidez del procedimiento, no se produce cristalización. Pero a ver quién tiene nitrógeno líquido en casa.
Lo más fácil: seguir las instrucciones de la máquina de helados. No tienen por qué salirle mal sus helados caseros.
Ah, que ustedes no tienen sorbetera: no pasa nada. Si quieren hacer un buen helado de frutas, háganse con buena materia prima. Trocéenla y congélenla. Pónganla en el robot con un yogur natural o con unas buenas natillas, trituren y listo.
Helados caseros... Aquellas heladerías de mi infancia solían llamarse "La Italiana", y en muchos casos, en efecto, el propietario o, al menos, el fundador, procedía de Italia. En España tenían también prestigio los helados de una localidad alicantina llamada Ibi, de ahí que también hubiera bastantes heladerías que se rotulaban "La Ibense".
Hablábamos del helado básico, del mantecado. He repescado para ustedes una receta de 1905. Lo que no sé es por qué su autor la llama "mantecado". Juzguen: "tomad doce yemas de huevo batidas en un cuartillo (medio litro) de leche, doce cucharadas de azúcar, un punto de canela y dos o tres recortes de corteza de limón. Poned la mezcla al fuego y agitadla constantemente hasta que espese. Echad la crema en una fuente hasta que enfríe y, una vez fría, heladla". Por entonces se supone que había pocas posibilidades de elegir el sistema para esto último: la clásica heladera con paredes externas de corcho, espacio para la sal... un lío.
Al otro lado del Atlántico, y sobre todo en el hemisferio Sur, están ustedes en tiempo de helados, mientras acá nieva y tiritamos. Pero ni así, ni a cero grados, renuncio yo a darme el gusto de saborear un buen helado. ¿Por qué iba a hacerlo?.

EFE.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Un Brasil redescubierto sobre vías: la magia del turismo de trenes

Atravesar una montaña cubierta de bosque, apreciar paisajes rurales que recuerdan el origen de Brasil o escuchar el silbido de una locomotora anunciando su llegada a una estación son alternativas posibles en las 34 líneas de ferrocarriles turísticos que operan en Brasil.
Es el llamado "turismo de trenes", una apuesta que ya cuenta con más de treinta convoyes por todo el país y tres millones de pasajeros al año, un número que busca incrementar todavía más entre el público familiar.
El viaje en el "Maria Fumaça", que enlaza dos ciudades del estado de San Pablo, Campinas y Jaguariúna, arranca con un acordeón, un "surdo" (un tipo de tambor tradicional de Brasil) y una matraca de banda sonora, que la banda Nostalgia Musical toca de forma voluntaria mientras un grupo de señoras y de niños bailan junto a ellos al son de un "xote" brasileño.
El trayecto dura alrededor de una hora y media, prácticamente el mismo tiempo que la ruta del "Tren de las Aguas", en el pequeño municipio de Sao Lourenço del estado de Minas Gerais, donde estos paseos en tren se han convertido ya en un atractivo turístico e histórico.
Los pasajeros que escogen esta casi centenaria locomotora viajan en un vagón inglés de 1926 que parte en dirección al municipio Soledade de Minas, bordeando las orillas del Río Verde.
Este antiguo ferrocarril fue proyectado y construido en Inglaterra 115 años atrás y fue utilizado por el emperador brasileño Pedro II, quien iba en busca del ameno clima minero y de las saludables aguas minerales de la región, que acabaron dando nombre al convoy.
"Mi vida es el tren, pero lástima que no se incentive más este tipo de transporte como alternativa turística y cultural en Brasil, porque así la gente se preocuparía por la preservación de la historia", afirmó a EFE Joel da Silva, fogonero de la locomotora.
Para potenciar la dimensión turística del transporte ferroviario en Brasil, el Servicio de Apoyo a las Micro y Pequeñas Empresas (Sebrae) puso en marcha en 2002, junto a la Asociación Brasileña de Operadoras de Trenes Turísticos y Culturales (Abottc), el proyecto "Tren es Turismo".
Y es que, según el analista del Sebrae, Geraldo da Costa, el país tropical, conocido internacionalmente por sus destinos de "sol y playa", tiene capacidad para doblar el número de este tipo de convoyes y triplicar la cantidad de usuarios en diez años.
Para conseguirlo, esta iniciativa cuenta todavía con otra propuesta: subir a bordo del único tren de lujo de Brasil, el Litorina.
La estación de embarque se encuentra en Curitiba, la capital del estado de Paraná y la puerta de entrada para conocer la Serra do Mar, una cadena montañosa que se extiende por el litoral sur del país.
Al dejar atrás la sierra, el camino llega hasta la localidad de Morretes, conocida por sus plantaciones bananeras y su famosa receta para cocinar un "barreado".
"Mi esposa y yo ya hemos hecho varios paseos en tren por Italia y Alaska, y el Litorina no les tiene nada que envidiar", relató a EFE Gilberto Tassinari, de 71 años, que aprovechó el final de semana para alejarse de la ciudad.
Con dos vagones llamados Foz y Copacabana y una decoración que transporta hasta los años 20 y 30, el tren se inspira en la época de oro de las líneas de ferrocarril brasileñas.
Incluso hoy, los paseos en tren consiguen preservar el encanto de antaño, con sillas acolchadas, adornos de hierro y lámparas de araña de estilo europeo, que proporcionan un viaje en el tiempo a través de la historia de los municipios brasileños, escondidos entre las rutas rurales y urbanas.
El horario y el precio de los billetes varía en función del itinerario y de las distancias pero, reservados con antelación, hay opciones para todos los bolsillos.

Isadora Camargo - EFE.